El mar, casi perfecto aliado en los días de sol... y soledad. Esa inmensa piscina salada en la que habitan seres únicos y maravillosos. Me encanta que bañe mis pies, me ayuda a despejarme y hace que mis problemas por un momento se desvanezcan. Puedo pasar horas sentada en frente de él, observándolo, escuchándolo, pensando como atravesar esa línea inalcanzable llamada horizonte, y grabando en mi mente y en mis ojos, ese magnífico color azul que a veces se mancha de blanca espuma. Es como otro universo que permite al ser humano nadar, flotar, viajar, pero no sobrevivir, por desgracia. Si pudiésemos respirar en sus profundidades, entonces sí sería perfecto, pero no, no lo es.
Hace no mucho tiempo comencé a darme cuenta de que esa atracción que sentía hacia él era efímera, porque al igual que me regala muy buenos momentos y mucha paz, también puede llegar a ser el mayor obstáculo que separa historias, y por ello lo odio. No es un odio atroz porque en realidad me encanta el mar, pero es un odio amistoso por llamarlo de alguna manera.
Y es que, un día mi mente empezó a hacerse preguntas... ¿cuántas vidas ha quitado el mar? ¿cuántas historias impide? ¿cuántos corazones separa? ¿cuánto sentimientos? ¿cuántas sonrisas y amores nos roba? Piénsalo, ¿cuántos?
La distancia es un muro que se puede franquear, pero no todas las personas tienen la misma facilidad, y es que el mar es un medio en el que el ser humano no puede sobrevivir por sí solo, y por ello multiplica aún más los kilómetros que separan esos corazones ansiosos por besarse, ese padre que nunca volvió a abrazar a sus hijos, esas personas que pasaban horas delante del ordenador por no poder surcar el mar y conocerse de verdad, esas culturas tan locas por querer aprender otros estilos de vida, esas islas de naturaleza tan parecida, esas historias que nunca tuvieron un final por no tener comienzo y esos abrazos que curan heridas.
Y es que son muchas los razones por las que el mar me fascina, pero también son muchas las que hacen que de alguna manera lo odie. Y una de ellas eres tú, porque...