La estación con color a canela pero sabor amargo, amargo por la soledad.
Esa soledad que tanta compañía nos hace ¿qué irónico no?
Por suerte no es la única, no siempre nos sentamos en ese banco solos, esperando a que alguien llegue, nos coja de la mano y nos haga sentir especialmente bien. A veces existe la fortuna de que esa presencia sea real, esa dichosa suerte por la que un ser se apiada de nosotros y decide que su soledad y la nuestra se hagan compañía mutuamente, al igual que ellos. Y lo mejor de todo es cuando cierras los ojos, respiras y te das cuenta de que tiene olor propio, temperatura corporal, poros en la piel y hasta un corazón, que a veces está roto o echo pedazos, pero eso no impide que dentro tenga sentimientos, e incluso sea capaz de amar.
Hay momentos en los que somos como esa hoja que se derrumba y cae al suelo, agrietada y reseca, esperando a que alguien pase y la recoja para no ser pisada. No está mal, porque caer también forma parte de la vida, pero recuerda que incluso en el suelo eres hoja, una hoja en esencia, hoja de un árbol que floreció por mucho tiempo.
Por eso yo aprovecho el otoño incluso en soledad, simplemente salgo sin rumbo por las calles, paseo, respiro y disfruto de esa brisa de la noche que no quema de frío pero hace que nos abriguemos. Yo también me siento en ese banco, pero no espero que nadie aparezca, si ocurre bien, pero no lo ansío, porque comprendí que sentada ahí es precisamente el otoño quien me acompaña, no me ama, pero me hace sentir bien y con eso me basta.
